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PFAS y microplásticos: ¿podemos desintoxicarnos?

Están en el agua del grifo, en la sartén antiadherente, en la sal marina que espolvoreas sobre la pasta. Los PFAS —esas sustancias perfluoroalquílicas y polifluoroalquílicas conocidas como «contaminantes eternos»— y los microplásticos se han convertido en pocas décadas en dos de las contaminaciones más extendidas en nuestro medio ambiente… y en nuestros cuerpos.

La pregunta que todo el mundo se hace es sencilla: ¿podemos deshacernos de ellos? Y si es así, ¿cómo?

Intrusos que se instalan para quedarse

Las PFAS, «contaminantes eternos»

Las PFAS agrupan más de 10 000 sustancias químicas fabricadas por el hombre desde la década de 1940, presentes en los revestimientos de sartenes, envases de alimentos, textiles impermeables, espumas

ignífugas

¿Qué tienen en común? Un enlace carbono-flúor de una estabilidad excepcional. Como consecuencia directa, estas moléculas prácticamente no se degradan, ni en el medio ambiente ni en el cuerpo humano. Algunas tienen una vida media biológica estimada en varios años. Los estudios de biomonitorización disponibles en Europa indican que las PFAS son detectables en la sangre de la gran mayoría de los adultos de los países industrializados.

Microplásticos: cuando el plástico se fragmenta y nos invade

Los microplásticos son partículas de plástico de menos de 5 mm, procedentes de la degradación de residuos plásticos o presentes directamente en algunos productos. Se han encontrado en los pulmones, la sangre, la placenta, la leche materna e incluso el cerebro humano. Un estudio publicado en 2024 en el New England Journal of Medicine estableció una relación entre la presencia de microplásticos en las placas arteriales y un mayor riesgo cardiovascular, una señal de alarma que la comunidad científica se toma muy en serio.

Qué hacen en el organismo

Los PFAS se acumulan principalmente en el hígado, la sangre y los riñones, con efectos documentados: alteración endocrina, inmunotoxicidad (reducción de la respuesta vacunal observada en los niños), efectos metabólicos y riesgo de cáncer para algunos compuestos (PFOA y PFOS clasificados como probablemente cancerígenos por la IARC).

En el caso de los microplásticos, la investigación es más reciente, pero las señales se acumulan: inflamación crónica, estrés oxidativo, alteración de la microbiota intestinal. También actúan como vectores de otros contaminantes: los microplásticos concentran en su superficie contaminantes orgánicos persistentes, entre ellos los propios PFAS.

¿Se pueden eliminar estas sustancias del organismo?

La respuesta honesta es: sí, parcialmente, pero no es fácil.

El hígado excreta parte de los PFAS en la bilis, los riñones eliminan algunos compuestos en la orina y las heces constituyen la principal vía de eliminación de los microplásticos ingeridos. Pero estos mecanismos son lentos frente a una exposición crónica y continua.

Sobre todo, gran parte de los PFAS excretados en la bilis se reabsorben en el intestino antes de llegar a las heces: es el ciclo enterohepático, un circuito que ralentiza considerablemente la eliminación natural.

Desde el punto de vista médico, se están investigando activamente enfoques como la aféresis (filtración de la sangre) o la colestiramina (resina medicinal que interrumpe el ciclo enterohepático), pero siguen siendo médicos o experimentales. Para la mayoría de nosotros, el reto es, ante todo, limitar la acumulación diaria.

El papel clave de la fibra alimentaria

Aquí es donde la alimentación entra en juego de manera concreta.

La fibra alimentaria actúa como un captador intestinal: puede adsorber ciertos PFAS excretados en la bilis antes de que sean reabsorbidos, acelerar el tránsito intestinal y reforzar la función de barrera del intestino a través de la microbiota. La analogía con el medicamento colestiramina no es baladí: la fibra es una versión natural y cotidiana de este.

Fibras como la pectina (manzanas, cítricos), el psyllium o los betaglucanos de la avena han demostrado in vitro una capacidad de adsorción cuantificable frente a los contaminantes orgánicos persistentes.

⚠️ Los estudios clínicos específicos sobre los PFAS siguen siendo limitados, pero el mecanismo es biológicamente coherente y los beneficios generales de una dieta rica en fibra están ampliamente demostrados.

Las fuentes preferentes son: legumbres, salvado de avena, manzanas y cítricos, semillas de psyllium y cereales integrales. Objetivo: 25 a 30 g de fibra al día (el promedio francés es de solo 18 g).

La clorela: la herramienta mejor documentada para ir más allá

Entre los captadores naturales estudiados por la investigación, una microalga destaca por su sólida base científica: la clorela.

Una composición extraordinaria

La clorela (Chlorella vulgaris) es una microalga unicelular cuya pared celular, compuesta principalmente por esporopolenina, un polímero natural extremadamente resistente, posee propiedades de adsorción documentadas. También contiene entre un 50 y un 60 % de proteínas, una alta concentración de clorofila, diversos antioxidantes y fibras activas.

Lo que ha demostrado la ciencia

En cuanto a los metales pesados, la literatura científica es convincente. Los estudios preclínicos demuestran que la chlorella reduce la absorción intestinal de cadmio, mercurio y plomo, disminuye su acumulación en los tejidos y aumenta su excreción fecal. Los datos en humanos apuntan en la misma dirección, especialmente en el caso del mercurio en poblaciones expuestas a través del consumo de pescado.

¿Y en el caso de los PFAS y los

microplásticos?

Aún no existen estudios clínicos específicos, seamos transparentes. Pero sus fibras y su esporopolenina pueden, en teoría, capturar moléculas orgánicas en el intestino, y su densidad en fibras contribuye a los mecanismos de interrupción del ciclo enterohepático descritos anteriormente.

La clorela no puede presentarse como un tratamiento para los PFAS o los microplásticos. Pero encaja perfectamente en una estrategia global de desintoxicación diaria: probada para los metales pesados, biológicamente coherente para los nuevos contaminantes persistentes.

Los buenos hábitos diarios

Reducir la exposición en el origen sigue siendo la medida más eficaz:

  • Filtrar el agua (filtro de carbón activo u ósmosis inversa)
  • Evitar los envases de plástico para alimentos calientes o grasos
  • Preferir el acero inoxidable, el vidrio o el hierro fundido a los revestimientos anti
  • adherentes
  • Ventilar
  • regularmente (los PFAS se fijan al polvo)

Complementar con una alimentación protectora:

  • Consumir entre 25 y 30 g de fibra al día.
  • Mantener una microbiota saludable (fermentados, prebióticos)
  • . Hidratarse suficientemente

. Apoyar con clorela: de 3 a 5 g al día como complemento de una alimentación protectora, eligiendo imperativamente un producto de calidad trazable con análisis de contaminantes disponibles.

Lo que hay que recordar

La verdadera desintoxicación no es una cura de zumos de tres días. Es una estrategia de prevención sostenible, construida comida a comida, con las herramientas naturales adecuadas como apoyo. La fibra alimentaria constituye una primera línea de defensa intestinal que a menudo se descuida. Y entre los complementos disponibles, la clorela destaca por su sólida base científica y su composición, que la convierten en un aliado lógico en un proceso de desintoxicación diaria frente a los contaminantes persistentes de nuestra época.

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Fuentes
  • ANSES : évaluations des risques liés aux PFAS (2023-2024)
  • Grandjean P. et al., Environmental Health Perspectives — PFAS et immunotoxicité
  • Uchikawa T. et al. (2010) — Chlorella et élimination du mercure
  • Schecter A. et al. — Biosurveillance PFAS, population générale
  • Jenssen BM et al., NEJM (2024) — Microplastiques et risque cardiovasculaire
  • MDPI Biomedicines (2023) — Chlorella vulgaris et toxicité du cadmium
  • PMC — Fibres alimentaires et biodisponibilité des métaux lourds
Nota del equipo eChlorial
Queremos subrayar que las personas entrevistadas o que escriben en nuestro blog lo hacen con toda sinceridad y sin ningún conflicto de intereses.

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